PASADENA — Una noche de escasez para el Tri, tanto en la cancha como en las gradas, aunque no en el marcador: 3-0 sobre Nueva Zelanda.


En un estadio acostumbrado a multitudes de cerca de 93 mil personas, solo 25,271 aficionados asistieron al partido, impulsados en parte por promociones urgentes en tiendas departamentales. La afición no perdona.


Orbelín Pineda celebró al marcar el primer gol del partido. Omar Vega/Getty Images


En el campo, las deficiencias fueron evidentes. Aunque se logró la victoria por 3-0, el equipo mostró múltiples áreas de mejora que ni el resultado final puede ocultar.


Esta fue la primera prueba de Javier Aguirre al frente de la Selección Mexicana, y más allá de la urgencia por ajustar el estilo y la estrategia, tendrá que trabajar arduamente para que los futbolistas encuentren la claridad necesaria en su juego.


A pesar de la poca relevancia del partido, se percibió un miedo palpable a cometer errores, a ser exhibidos y criticados. Este temor llevó a errores tanto conceptuales como en la definición.


UNA TARDE COMPLICADA…


La Selección Mexicana enfrentó múltiples deficiencias y urgencias. La falta de confianza y la falta de cohesión fueron evidentes.


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Nueva Zelanda, con recursos limitados y una actitud desinteresada, mostró poco desafío, pero México no logró capitalizar su ventaja con una táctica efectiva.


Javier Aguirre no logró cumplir con su primer objetivo: “Hacer que la afición se sienta representada”. La realidad fue que los pocos aficionados presentes terminaron el primer tiempo atónitos ante el errático desempeño del equipo mexicano y el escaso esfuerzo del adversario.


La falta de trabajo en equipo es comprensible, pero la ausencia de audacia, creatividad y responsabilidad resultó en un dominio territorial y de posesión que resultó soso e improductivo.


Afortunadamente, México abrió el marcador al minuto cinco con un remate cruzado de Orbelín Pineda, lo que permitió al equipo navegar sin mayores contratiempos, aunque sin muchas intenciones claras durante la primera mitad.


La desconfianza y la falta de audacia fueron notables. Parecía que el temor a cometer errores superaba la libertad que debería brindar un partido amistoso.


Orbelín Pineda y Roberto Alvarado se dedicaron a tocar el balón sin arriesgar, mientras que Julián Quiñones y Santi Giménez no ofrecieron movimientos significativos.


Luis Romo, quien podría haber sido el referente para romper las líneas neozelandesas, se mostró poco atrevido, mientras que Luis Chávez no cumplió con las expectativas que se tenían sobre él.


Es inconcebible que se desperdiciaran oportunidades claras de gol debido a la inseguridad. Un ejemplo fue Julián Quiñones, quien, en lugar de disparar en el área, optó por controlar el balón de manera defectuosa. Esto no fue incapacidad, sino miedo al error.


La falta de acierto de Giménez frente al gol también fue notable. A pesar de tener ventajas claras, erró en dos ocasiones dentro del área.


Con escasas emociones y poco talento individual expuesto, el primer tiempo mostró a una Nueva Zelanda que, sin esfuerzo atlético significativo, le hizo el trabajo fácil a Tala Rangel.


Aguirre decidió mantener la alineación inicial para la segunda mitad, demostrando confianza en sus elecciones.


Afortunadamente para el Tri, el segundo tiempo trajo mejor fortuna. Chino Huerta reemplazó a Julián Quiñones por lesión y marcó el 2-0 al minuto 53, con un pase de Luis Romo, lo que desató una ofensiva tricolor. El Chino mostró una confianza que había faltado en el colombiano.


Nueva Zelanda, en un estado de supervivencia debido al calor y al desgaste, se mostró claramente debilitada.


Luis Romo selló el 3-0 al minuto 57, aprovechando el tiempo y espacio que le ofreció el adversario. Romo compensó así una oportunidad fallida en el primer tiempo cuando estrelló el balón en el poste.


Con los ingresos de Córdoba, Láinez, Martín, Charly y Angulo, México se enredó en esfuerzos individuales y terminó el partido con más preocupación por mantener el cero en su portería que por aumentar la ventaja en el marcador.